Entre dos aguas

Aun respiro mar y noto el tacto de la arena entre los dedos. Los rayos del sol incidiendo en mi piel y el sonido de las olas. Aun recuerdo el momento en que decidí qué sería lo primero que contaría en este blog, una tarde, en una playa del Mediterráneo. No hay mejor inspiración.

La vida es lo más bonito que tenemos, pero no hay nada tan impredecible, cruel y rebelde. Y es que hay algo que debes saber:

La vida es injusta princesa, cualquiera que te diga lo contrario intenta venderte algo.

No sé si tendrá algo que ver mi inocencia de creer que el karma existe, pero he terminado intentando vender cosas a la gente, o al menos eso piensa el mundo sobre lo que hacemos los publicitarios. Lo cierto es que esta profesión tiene algo de apasionante y mucho de humano. Los anuncios ya no venden productos, sino experiencias. Las marcas ya no hablan, sino que escuchan. Juegan con los insights, o lo que es lo mismo, los sentimientos de los consumidores las personas, para emocionarles y removerles por dentro. Es un trabajo que jamás podrán hacer las máquinas porque no hay nada racional en todo esto. Y si hay algo que sé es que yo no tengo nada de racional, por eso estudié publicidad y por eso anhelaba venirme a esta ciudad.

La CAPITAL está muy bien, pero aun respiro mar y noto el tacto de la arena entre los dedos. Los rayos del sol incidiendo en mi piel y el sonido de las olas. Y cuando echo la vista atrás, me reafirmo en lo impredecible de la vida. Por más bajo control que creas tenerlo todo, llega un momento en que te sacude y te pone patas p’arriba. A veces es incluso más perra y te hace lo mismo pero poco a poco, casi sin que te des cuenta, como agazapada bajo una felicidad conformista. Y es entonces cuando sabes que ya nada volverá a ser como antes y que no se puede tener todo. Que para conseguir un sueño hace falta sacrificar muchas cosas, incluso las que siempre has creído que están por encima de todo -porque paradójicamente en el fondo lo siguen estando- pero no hay más remedio que dejarlas atrás si quieres sobrevivir. Eso es lo que te hace madurar y crecer como persona. Verte sola ante el peligro y reaccionar antes de que el córtex se dé cuenta de que era una falsa alarma.

 

Y a veces estoy aquí, a más de 400 km del lugar que me vio nacer, de las personas que han crecido conmigo y de las que se han ido incorporando a mi viaje; algunas para quedarse y otras -pero no por eso menos importantes- solo para marcar mi rumbo durante un tiempo. Un par de ellas consiguieron que les dejara llevar mi timón, pues con ellas a mi lado el barco iba a toda vela.

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Sí, de esas veces que vas tan escorada que casi estás de pie, con el viento golpeándote la piel y una sonrisa en la cara. Hasta que te das cuenta de que el punto hacia el cuál quieres ir está proa al viento y que tienes que virar. Eres la primera en darte cuenta y lo avisas, pero en el fondo no quieres, porque navegar en Ceñida es lo mejor del universo. Es entonces cuando el que lleva el timón, el que no te hizo caso cuando le avisaste, hace trasluchar la mayor sin previo aviso, y tú, pobre proel, recibes un golpe en la cabeza- o en otro sitio donde duele más-. El barco vuelca y cuesta llegar hasta la orza para desvolcarlo pero mientras lo intentas recuerdas qué es lo que le pedías a tu mejor amiga cuando aprendíais a navegar:

– ¡Por favor volquemos adrede! ¡Otra vez!¡Y otra!

Porque lo mejor de todo era conseguir desvolcarlo juntas

y una vez mojadas y fresquitas, volverse a subir para retomar un nuevo rumbo. Hasta que llegaba el monitor con la lancha y te cambiaba al compañero. Y también te lo pasabas bien aunque con él navegabas de Través. Luego volvía la lancha y venía otra vez con tu mejor amiga, listas para la regata, veíais como con el viento en la popa, aunque no lo parezca se va más rápido que en Ceñida, y ya si levantas la orza ¡ni te cuento!

¿Sabéis de esa sensación que aparece cuando por la noche te tumbas en la cama después de haber navegado durante el día y notas el vaivén de las olas como si aun estuvieras en el barco? Pues eso es lo que se siente desde aquí y desde ahora cuando piensas en el allí y el entonces. Hasta que vuelves a navegar.

por-do-sol

¡Viento en popa a toda vela!

S

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